domingo, enero 08, 2006


Durante mi estadía en La Habana me sorprendí mucho con los cubanos, todos parecían personajes literarios, como una novela de Cabrera Infante. Alojábamos en el departamento de un ex escolta de Raúl Castro, Wilmer, quién vivía allí con su mujer Belena. Bellos nombres los cubanos. Wilmer y Belena nos arrendaban su pieza, que tenía aire acondicionado y una que otra cucaracha. Por la ventana, se escuchaba todas las mañanas la escandalosa despedida que la vecina daba a sus amantes; generalmente policías.

Había una chica ahí, de unos doce años, que quería ser bailarina del Tropicana, y cada vez que nos visitaba movía sus caderas desaforadamente para mostrarnos su destreza en el baile. Estuvimos el tiempo suficiente para conocer los secretos de la mayoría de quienes allí vivían.

En los árboles que rodeaban al edificio habitaban cientos de murciélagos, que observaban desde la oscuridad como testigos silenciosos de todo. Había material suficiente para una novela, tomé notas con la intención de algún día escribirla. Creo que perdí ese cuaderno.

Lo que sucede entre mis vecinos de ahora tampoco deja de sorprenderme. Por algún extraño motivo, cada vez que me encuentro con uno me cuenta nuevos secretos. Lo mismo que el conserje, que es como Woody Allen pero cojo.

Hace algunos meses atrás, llegaba a mi departamento cuando vi a todos los vecinos afuera, era de madrugada y estaba la policía. Habían vuelto a romper las ruedas de los autos y uno que otro vidrio. Esto había sucedido con anterioridad. La diferencia fue que ahora J avisó a los demás y todos se juntaron en su departamento a hacer la denuncia. En un minuto J desapareció y fue sorprendido rompiendo los neumáticos de los policías.

En otro de mis encuentros de pasillo con mis vecinos, supe que un chico gay (que es la pareja de J, el hombre de los neumáticos) atendía a sus clientes sexuales en el departamento. Se estaba evaluando la posibilidad de comprar un farol rojo para la entrada. Finalmente se decidió comprar una luz con sensor y una cámara de seguridad que registra imágenes que nadie ve, excepto los tres gatos famélicos de la entrada, que conocen los secretos de todos. Ellos si que podrían escribir una novela.

6 comentarios:

popocatepétl dijo...

ja, nostalgia del barrio, de la vecindad copuchenta, exotismo a toda prueba allá en Cuba...lo difícil está, me parece, en descubrir la densidad literaria que debemos tener en alguna parte los habitantes de esta opaca ciudad

vuestro poet dijo...

que bonita vecindá, no hay nada como el espionaje velado de la vida de los depas. Bechos amiga, a ver si nos juntamos antes de que stgo muera en feb.

marce.

Dayana Litz dijo...

Saludos, con estas imagénes la nostalgia viene hacia mì...
Siempre recuerdo a La habana desde la distancia

Isabel Brinck dijo...

me acabas de inspirar a pensar que quizás las historias de amigos no son las más interesantes. cierto que tienen algo los desconocidos, o semi-desconocidos, mejor.
gracias.
no te olvides del cumpleaños de tu primo este miércoles!

Malayo dijo...
Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.
Malayo dijo...

No quisiera ser aguafiestas, pero la mayoría de los aspectos que la gente llama "exóticos" y va a buscar tan lejos, están mucho más cerca de lo que suponemos.

Cuando llegué a Chile me encontré un país frío donde nadie conocía a nadie. Sin embargo descubrí en barrios y poblaciones un estilo de vida muy similar al de mi barrio en La Habana, donde pasé "15 abriles" (como dicen allá).

Admitir nuestra condición de latinoamericanos será un buen comienzo. La salsa es tan picante como la cumbia, tiene las mismas letras y se baila parecido.

Me doy cuenta de que he escrito un comentario que no tiene tanto que ver con este posteo, que en realidad trata sobre otra cosa. Pero es algo que pienso hace tiempo y no sabía dónde escribirlo. Además me da lata borrarlo. Lamento esta disgresión